Hace unas semanas la web Wikileaks filtró algo más de 90.000 documentos secretos del Pentágono sobre Afganistán a tres medios de comunicación, dos diarios, "The New York Times", de Estados Unidos, y "The Guardian", del Reino Unido, y la revista "Der Spiegel" de Alemania. La única condición que se les puso a dichos medios fue que no publicaran nada sobre el asunto hasta el pasado domingo, día 25. Efectivamente así lo hicieron.
La imagen de la larga guerra de Afganistán -dura ya 9 años- que, actualmente, no pasa precisamente por sus mejores momentos, ha quedado muy perjudicada por la publicación de estos documentos en los que aparecen, entre otras cosas, la complicidad de los servicios secretos de Pakistán - ISI, en sus siglas en inglés - con los insurgentes afganos, las bajas de decenas de civiles inocentes con motivo de los errores cometidos por los Estados Unidos y la OTAN, la realización de operaciones encubiertas para el asesinato selectivo de jefes insurgentes o la actuación irregular de los aviones no tripulados.
Mientras la Casa Blanca ha condenado, el lunes pasado, la publicación de estos papeles por razones de seguridad y ha puesto en marcha una investigación sobre el origen de la filtración, el Gobierno pakistaní ha desmentido esa información negando las actuaciones de las que se le acusa en los documentos que estamos tratando.
Con independencia de que los medios de comunicación implicados aseguren que no van a publicar nada que afecte a la seguridad de los EEUU, de la Unión Europea y de los demás países que combaten en Afganistán, la realidad es que la confianza y la credibilidad de los aliados ante la comunidad internacional y, particularmente, ante el pueblo afgano, está en cuestión.
Aunque es cierto que los documentos filtrados cubren el periodo entre 2004 y 2009, antes de que Obama anunciara su estrategia sobre Afganistán, también es verdad que el presidente estadounidense apuntaba en dicha estrategia que sin la cooperación del Ejército paquistaní, actuando sobre las bases y santuarios de los talibanes afganos existentes en las provincias paquistaníes fronterizas con Afganistán, donde se retiran los insurgentes ante los ataques de los aliados, era imposible que el plan estadounidense tuviera éxito.
No parece probable que la difusión de estos documentos precipite el fin de la guerra. Sin embargo, si puede impactar en algunos frentes delicados como el posible incremento de la presión sobre Obama para defender su estrategia en la discusión que estos días sostiene la clase política y la sociedad estadounidense en torno al futuro de la guerra así como en el debate ante las próximas elecciones legislativas de noviembre..
Otro frente donde puede impactar la filtración es en el grado de cohesión que actualmente existe en el Pentágono y en la OTAN respecto a la guerra en Afganistán, en la confianza de la opinión pública aliada y en el impulso en conseguir una mayor presión sobre Pakistán para que coopere más estrechamente con los Estados Unidos en la lucha contra el terrorismo.
En relación con las víctimas civiles ocasionadas por la guerra ya sean debidas a las operaciones encubiertas o a los aviones no tripulados, resulta preciso utilizar todos los instrumentos posibles con la mayor contundencia para que esto no suceda ya que tales incidentes constituyen un caldo de cultivo ideal para que las sociedades aliadas se cuestionen o pongan en duda la continuidad de la guerra en Afganistán.
En esta situación, a Obama se le puede presentar un dilema. Por un lado, puede optar por convencer al Congreso y a la sociedad estadounidense que la estrategia que lleva a cabo actualmente en Afganistán permanece firme e inalterable con algunos frutos ya recogidos. Por otro, puede elegir la alternativa de limitar la presencia norteamericana en Afganistán. En la lógica geopolítica internacional, debiera inclinarse por la primera opción. Es hora de la política con mayúsculas y al hombre de Estado se le pide que actúe con decisión y solidez ante las adversidades.
En definitiva, la publicación de los documentos secretos que transmiten una visión preocupante de la guerra de Afganistán, demanda que se acabe el doble juego de Pakistán, se disminuyan, de forma notable, los daños colaterales así como que se limiten, en lo posible, las operaciones encubiertas al mismo tiempo que se debe reafirmar y consolidad la estrategia aliada en Afganistán cuyo objetivo principal, no lo olvidemos, sigue siendo detener, desmantelar y vencer a Al Qaeda en Afganistán y Pakistán, y quitarle la capacidad de amenazar a los Estados Unidos y a sus aliados.
*Jesús Rafael Argumosa es General de División
Ex- Jefe de la Escuela de Altos Estudios de la Defensa (EALEDE) del CESEDEN.
Como General de Brigada fue Jefe de la División de Estrategia y > Cooperación Militar del EMACON.

Otros artículos del autor
La crisis en Costa Rica
La doctrina Obama. Un cambio y un modelo
Los BRIC´s en Brasil. Una apuesta geopolítica de alto calado
Irán: la hora de China
Munich. China refuerza su poder e Irán crispa
El primer año de Obama: luces y sombras
Yemen y el eje terrorista mundial. La geostrategia de Al Qaeda
El nuevo reto de Solana
La nueva visión del mundo, en marcha
¿Por qué estamos en Afganistán?
La crisis de Honduras: un reto para Latinoamerica
Rusia toma posiciones
Irán y la ambigüedad calculada
La arriesgada apuesta de Obama
Irán: Huida hacia delante