Como una partida de geopolítica financiera, con China arbitrando flujos de oferta y demanda de divisas, comprando dólares y cuantos signos monetarios entienda que es menester, las más importantes maniobras realizadas en varias décadas, con porte clarísimo de Guerra Fría, Estados Unidos y Corea del Sur lanzan un órdago a Corea del Norte, ese engendro mayor entre todas las dictaduras comunistas de todos los tiempos. Aplicado al chantaje atómico como otros terroristas se valen y aplican a la explotación de la droga desde las estepas de Afganistán a las selvas de Colombia, el aberrante Kim Yong il se pone al mundo por montera y lleva su negocio hasta esgrimirlo frente a Pekín, su único apoyo internacional.
El hundimiento de una corbeta surcoreana hace cuatro meses, en aguas cuyos límites se disputan las dos Coreas, muriendo 46 marinos, es incidente que tiene mucho que ver con lo que en terminología clásica se llama un "casus belli". El sátrapa norcoreano, sobre cuya muerte a corto plazo, se especula desde hace varios meses, lo mismo que sobre su eventual sucesión por uno de sus muchos hijos, cuando se supo que el dictamen de una comisión internacional había establecido que era de Corea del Norte el torpedo que echó a pique la corbeta, tomó su tren blindado y viajó a Pekín desde Pyongyang para despachar el problema con los jerarcas de allí. La cuestión no era para menos.
Un año antes, aproximadamente, el régimen chino se había alineado con los demás miembros permanentes del Consejo de Seguridad en su condena a los camaradas de Corea del Norte por lanzamientos misilísticos que infringían todos los limites establecidos por la legalidad internacional respecto de este tipo de pruebas. Se rompió entonces una posición histórica por parte de los dirigentes de Pekín. Establecido el precedente se había establecido también algo más que la probabilidad de que China, con esto de la corbeta torpedeada, volviera a negarle el quite a la dictadura norcoreana. Al parecer, el tren voló hacia Pekín a velocidad mayor que la acostumbrada, ya que el mandamás norcoreano tiene alergia a los aviones.
No se sabe qué pudieron advertirle los dirigentes chinos a Kim Yong il para decirles lo que les ha dicho después a los americanos del norte y a los coreanos del sur. Eso de que no echen más leña al fuego puesto que es mucho lo que puede arder. Y mucho más, todavía, aquello que se puede perder. También la dialéctica financiera a través de la política monetaria puede entenderse como la prolongación por otros medios de la política común; incluida la que acaba en la guerra y aquella otra que la evita. Pues este parece ser el caso.
El portaviones nuclear "George Washington" con su escolta de destructores armados de misiles, los 200 aviones y los miles de efectivos involucrados en la operación, todo el material de guerra desplegado, puede representar en la balanza que mide los factores concernidos, dentro del juego de los signos, menos que el peso de los miles de millones de dólares existentes en las arcas del hipercapitalismo comunista creado remotamente por Mao Tse Tung. Los equilibrios financieros resultan tan disuasorios como los nucleares y de eso no se acaba de enterar el sátrapa norcoreano.

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