Ahora que en Afganistán parece haberse confirmado la existencia de enormes recursos minerales el ya viejo debate sobre los pros y los contras que plantean estos vuelve a adquirir notoriedad. África es, indudablemente, uno de los escenarios mundiales más importantes para extraer lecciones sobre ello.
Aunque aún está por ver si las circunstancias de Afganistán -inseguridad endémica, corrupción, falta de infraestructuras, difícil orografía, escasas vías de exportación, etc- no impiden el para algunos brillante futuro del país en términos de producción de recursos estratégicos (hierro, litio, cobalto cobre y oro), no es seguro que hablar del país centroasiático como del "nuevo Congo" sea en sí una buena noticia. La República Democrática del Congo, antiguo Zaire, es en efecto un enorme productor de minerales estratégicos pero ello se ha reflejado más en conflictos y corrupción que en prosperidad para su población.
El petróleo de Nigeria, Angola, Sudán o Guinea Ecuatorial, los diamantes de Sierra Leona o de Angola, o la bauxita de Guinea Conakry, entre otros ejemplos, no han traído la estabilidad y el desarrollo sino que han despertado la codicia de actores locales y foráneos, han incrementado la inestabilidad interna, han alimentado la corrupción y generado enormes desigualdades sociales. El Movimiento por la Emancipación del Delta del Níger (MEND) está alimentado por la falta de oportunidades para los 30 millones de habitantes de esta riquísima región que, al ver cómo su entorno agrícola y pesquero se deterioraba y la riqueza generada no redundaba sino en su perjuicio, comenzaron a enfrentarse a sus dirigentes nacionales y a las compañías extranjeras extractoras.
Desde que en 1958 se comenzó la extracción de crudo, en la zona se han vertido más de 40 millones de litros diezmándola en términos medioambientales. El pasado 27 de junio los gobernadores de los principales estados federados productores de crudo en Nigeria exigían al nuevo Presidente, Goodluck Jonathan, que obligue a las compañías extractoras a mostrar un comportamiento más respetuoso con el entorno.
En Sierra Leona, los diamantes alimentaron al sanguinario Frente Revolucionario Unido (FRU) y la injerencia de la Liberia de Charles Taylor, llevando todo ello en los noventa a convertir el país y la subregión del Río Mano en un baño de sangre. Taylor está siendo juzgado actualmente por el Tribunal Especial para Sierra Leona, con sede en La Haya, y se le acusa entre otras cosas de financiar con "diamantes de sangre" al FRU en la guerra civil que iniciada en 1991 no terminó hasta 2001, bien alimentada como estuvo con tan destacable estimulador.
En Afganistán se podría partir con las lecciones aprendidas en África. Incluso este continente puede aportar experiencias loables como la de Botswana - donde la producción de diamantes ha venido sirviendo en buena medida para generar desarrollo entre su población - pero para ello se requeriría partir de precondiciones óptimas y contar con una férrea vigilancia internacional.
La corrupción hoy existente, el poder de demasiados señores de la guerra, de talibanes y de terroristas de Al Qaida, podrían sin duda verse estimulados por nuevas fuentes de ingresos y el papel de países foráneos y de la Comunidad Internacional no siempre ha sido positivo.
Volviendo a África, la voracidad de la República Popular China hace, por ejemplo, en Zambia que la prometedora extracción de cobre que genera unos 3.000 millones de dólares al año no deje en el país más que unos 100 millones, y estos en manos de unos pocos. Este ejemplo es ilustrativo teniendo además en cuenta que el papel de China en Afganistán es cada vez más importante, siempre en términos de obtención rápida de materias primas a cambio de su inestimable aportación en infraestructuras y liquidez.
Por todo ello la experiencia africana es esclarecedora para el incipiente escenario de un Afganistán como productor masivo de materias primas más allá del narco-Estado que es hoy. Mecanismos internacionales inspirados en los creados para supervisar el comercio internacional de diamantes o para canalizar las exportaciones de petróleo del Irak post-Saddam deberían ser aplicados a Afganistán desde ahora, mucho antes de que las minas hayan empezado a construirse, y ello si es que estas finalmente se construyen.
* Carlos Echeverría es Doctor en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid
Profesor de Relaciones Internacionales de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la UNED
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