Al hilo del último editorial de "Atenea", en el que se rechazaba la injerencia totalitaria del desgobierno que cae sobre Venezuela como las siete plagas, creo conveniente romper una lanza por la judicatura española, tan celosa de su independencia como corresponde a la propia de cualquier Estado democrático de Derecho. Y, al propio tiempo, abrir un turno de reconocimiento (por obligación no exento de cautelas) a la última respuesta del Gobierno español ante la insufrible contumancia chavista en la zafiedad política y el insulto. Asuntos Exteriores ya ha librado a Caracas el auto del juez Eloy Velasco.
Pese a que el incidente político y diplomático montado desde allí porque este magistrado de la Audiencia Nacional asegura, en lo remitido, que funcionarios venezolanos podrían haber colaborado con Eta durante los últimos años, era incidente que se daba por zanjado con una declaración conjunta hispano-venezolana sobre el compromiso de luchar contra Eta, la parte oficialista venezolana, a la que es propio el sectario mal estilo característico de un régimen de prelación y pachanguero, ha vuelto a la carga con insistencia que puede resultar proporcional a la gravedad de lo efectivamente sucedido.
Así lo certifican testimonios periodísticos de la más cumplida seriedad e impecable garantía. Las fuentes del juez Velasco, la verdad sea dicha - especialmente los contenidos del famoso ordenador de Raúl Reyes - han puesto en un verdadero brete al régimen bolivariano y a sus más conspícuos colaboradores. Así, mientras el llamado Gorila Rojo cada fin de semana lleva su verborrea hasta el paroxismo, por Quito, La Paz y Managua retumba el silencio de sus cancillerías respecto de las Farc, las drogas y el dinero aplicado a la conversión de lo que fueron democracias, más o menos estables, en dictaduras vitalicias.
Sólo el sentimiento de haber sido sorprendidos con las manos en la masa, conforme el relato de los archivos y agenda del último jefe real de las Farc en el trabajo de campo, debe llevar a los susodichos conmilitones de Chávez desde el ámbito de sus respectivos Estados al silencio estruendoso, mientras el jefe de la banda bolivariana vocifera y desbarra, émulo de su maestro cubano, en la sabida manera dominical.
Claro está que los efectos del dicharacherismo chavista - por incontinencia propia y por la que delega en subordinados suyos, como el ministro de Asuntos Exteriores - habían puesto hasta tal punto en evidencia la pasividad del presidente del Gobierno español que, en primera instancia, hubo de salir el Partido Socialista a responderle a Maduro, el igual venezolano de Moratinos, cuando Maduro se ha despachado contra el juez Velasco, el Partido Popular y el propio José María Aznar.
Muchos son en verdad los intereses españoles en Venezuela capaces de condicionar el tono de la respuesta oficial, pero ninguno hay entre tantos que supere el de preservar el propio decoro del Gobierno. Que, al fin y al cabo, es el de todos los españoles. Tanto el de quienes le votan como el de quienes no lo hicieron.

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