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Cañones contra corazas. La lucha contra explosivos improvisados en las carreteras de Afganistán e Irak

Francisco Serrano   miércoles, 10 de marzo de 2010

Las guerras irregulares de Irak y Afganistán presencian un nuevo episodio de la lucha entre el cañón y la coraza, con el resultado previsible de la victoria del primero. Lo que también nos enseñan, es que es inútil tratar de ganar esa confrontación basándose solamente en la protección y que es necesario recurrir a otros procedimientos y medios de obtención de inteligencia y explotación.

No se trata de guerras al modo tradicional, pues los objetivos que buscan las partes enfrentadas no son la conquista de territorios ni la derrota de enemigos convencionales: los atacantes no tienen vocación de conquista ni siquiera de permanencia, y los defensores no pretenden derrotar a los ejércitos enemigos, simplemente quieren que se vayan de su país.

Así las cosas, la iniciativa pasa a manos de quien siembra de bombas y minas en las carreteras, caminos y pasos obligados, que en estos conflictos representan el papel del cañón, mientras que las tropas invasoras se defienden asumiendo el de la coraza.

La guerra de guerrillas obliga a continuos transportes de tropas y de abastecimientos a lo largo de unas pocas rutas, en su mayoría caminos en pésimo estado y con amplias oportunidades para minarlos y tender emboscadas.

Ante tamaña amenaza, insidiosa y a la vez efectiva, los Estados Unidos respondieron, inicialmente, con los transportes de tropas acorazados MRAP (Mine Resistant Ambush Protected). La coraza. El resultado, un descenso evidente de las bajas.

Pero el agresor tenía fácil la respuesta, más carga letal, explosiones más potentes. Las cargas explosivas, por si fuera poco, son fáciles de preparar a partir de los inmensos y ocultos arsenales de proyectiles de artillería y de morteros. Hasta con productos para elaborar insecticidas agrícolas se pueden fabricar explosivos.

Para conseguir la protección se construyeron vehículos de transporte de tropas sobre el chasis de camiones, dotándoles de corazas cada vez más pesadas; cascos con el fondo reforzado y en forma de "V" para desviar el efecto de las explosiones; corazas suplementarias de quita y pon; separación de los ejes de las ruedas de la cabina de la tripulación para que no incidiera sobre ella la onda explosiva; anclajes flexibles de los asientos de los tripulantes para que no se transmita a ellos el efecto de las explosiones.

Al diseño se le unieron despliegues y procedimientos tácticos, con el objeto de impedir que se explosionaran las bombas por medio de conexiones eléctricas físicas y a evitar que la explosión que afectara a un vehículo no supusiera el aprovechamiento de los efectos por los terroristas.

Mientras que los que ponen las bombas comenzaron a activarlas por control remoto, los ejércitos recurrieron a inhibidores de frecuencias muy efectivos. Inhibidores que incluyen los personales, de vehículo y de zona.

Nueva reacción de los terroristas. Las bombas las siembran de noche y recurren a los ingenios que las activan por presión, con objeto de no estar presentes cuando se produzca la explosión y poder ponerlas de noche. Unido a estos inconvenientes, está el hecho de que mientras la protección está limitada por el peso y maniobrabilidad de los vehículos, el tamaño de las bombas no tiene límite teórico. A más protección, más cantidad de explosivo.

El Ejército de los EEUU recurre al diseño de un nuevo vehículo menos pesado pero capaz de moverse fuera de caminos para emplearlo en Afganistán. Simplemente este hecho de no tener que sujetarse a ninguna senda, ya supone un factor del aumento de la supervivencia, pues el sembrador de minas ya no sabe dónde ponerlas.

Pero las posibilidades estaban ya al límite, por lo que hay que buscar formas más eficaces de combatir a las bombas y a los que las ponen.

En Irak se había empezado a emplear aviones sin tripular que, con medios de detección por imágenes y video en tiempo real, vigilaban las carreteras y caminos de forma continua, para alertar sobre la siembra de minas o alteraciones en el aspecto del suelo que indicaran que había sido manipulado.

Cuando esta operación se hace en tiempo real, es posible enviar helicópteros u otros aviones sin tripular con misiones de ataque a los plantadores de minas y/o seguirlos hasta descubrir donde se preparan los explosivos.

Considerando que los explosivos improvisados son la mayor amenaza a la que se enfrentan las fuerzas en Afganistán, Robert Gates decide organizar la Joint Improvised Explosive Device Defeat Organization (JIEDDO - Organización conjunta para la lucha contra los explosivos improvisados), un órgano responsable de coordinar a todos los organismos implicados en la lucha contra los explosivos.

Entre sus recomendaciones aparece claramente la vigilancia permanente de las zonas críticas con aviones sin tripular y la reacción inmediata mediante acciones directas contra los que las plantan o por la búsqueda de inteligencia para prevenir nuevos ataques.

La conclusión que puede extraerse de la evolución de este conflicto, es que mientras la lucha contra los explosivos se plantee desde un punto de vista meramente defensivo, mientras se pretenda actuar como coraza frente a un atacante que puede llevar la iniciativa y modificar la intensidad de sus ataques, se podrán paliar sus efectos, pero no ganar la confrontación.

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