El chavismo y el kirchnerismo comparten un mismo destino. Son dos regímenes que se desmoronan. Si el chavismo a corto plazo tiene posibilidades de resistir, el kirchnerismo vive sus últimos estertores. El autoritarismo y el desprecio a las instituciones les iguala, así como el profundo daño que están haciendo al prestigio internacional de sus países y a la propia viabilidad de Argentina y Venezuela como naciones.
Hugo Chávez puede resistir más o menos gracias al repunte de los precios del petróleo y a los renovados ingresos que va a tener tras la reciente devaluación del bolívar. Pero su régimen está enfermo y el comandante no está tomando las necesarias medidas. La enfermedad que padece se llama inflación (de dos dígitos desde 2005), uno de los males más peligrosos porque siempre hace metástasis en el cuerpo que infecta. Lo seguro es que cuando el chavismo perezca dejará una estela terrible: un país polarizado entre dos posturas irreconciliables (chavistas y antichavistas), una economía corroída por la inflación y más dependiente que nunca de un solo producto (el petróleo). Es decir, el modelo perfecto de lo que se conoce como "enfermedad holandesa".
Chávez llegó en 1999 para acabar con un régimen (el creado en 1958 por el Pacto de Punto Fijo) corrupto y desgastado, con partidos que utilizaban el aparato del estado en beneficio propio. Tras 11 años, el régimen chavista ha cometido los mismos errores y bajo su paraguas, el clientelismo y la corrupción han florecido. El chavismo ha añadido el autoritarismo en el ejercicio del gobierno, sin instituciones fuertes que compensen esa concentración de poder en manos del caudillo. En ese contexto, la incógnita es: ¿optará Chávez por la huida hacia delante (un conflicto bélico con algún vecino) en caso de que la situación interna se complique?
Los Kirchner se acercan también a su ocaso. Llegaron a la Casa Rosada en 2003 y lograron encarrillar una economía que había tocado fondo en 2001. Su habilidad fue subirse a la ola de la mejoría económica mundial. Además, se apoyaron en la herencia de su antecesor (Eduardo Duhalde y su ministro Lavagna) quien había dejado previamente bien ordenada la casa. Su gestión no ha traído ninguna mejoría: las instituciones están desacreditadas, la economía minada por la inflación y Argentina ha perdido peso en el concierto internacional, mientras lo ganaba su gran rival histórico, Brasil.
Las elecciones presidenciales de 2011, gane quien gane (el peronismo disidente, el radicalismo o la izquierda), supondrán el final de una época marcada por el personalismo de Néstor Kirchner. En una jugada aún no explicada, el expresidente renunció en 2007 a reelegirse y optó por colocar como sucesora a su propia esposa, algo que repugna a cualquier espíritu republicano. Su impopularidad es tal que poco más del 20% votaría hoy por uno de los Kirchner. Tan roto y desarticulado está el país que más que nunca la oferta de Eduardo Duhalde (que peronistas y el resto de fuerzas firmen una especie de "Pacto de la Moncloa") se antoja como la única salida que le queda a Argentina para no quedar relegado a ser un paria internacional.

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