Debo confesar que he tenido mis dudas antes de exponer esta opinión en clave política dentro de las páginas de un medio como este diario de Atenea en las que contemplamos cada jornada asuntos relacionados concretamente con la seguridad y la defensa. Sin embargo, la consideración de la importancia que, para la seguridad de los españoles y la defensa de España, tiene el buen ejercicio de su Gobierno me ha decidido a plasmar aquí la siguiente reflexión al igual que otros colaboradores hacen en el caso de otras naciones.
Si se analizan sin apasionamiento los acontecimientos que hemos vivido y a veces sufrido en los últimos 7 u 8 años, consecuencia de acciones incorrectas, equivocadas o por incompetencia del ejecutivo de turno y la correspondiente oposición, no se puede obviar que la opinión sincera de un ciudadano libre, aunque sea políticamente incorrecto, deba y pueda ser crítica y dura ante casos que afectan a la propia entidad de la Nación
Por no hablar de forma abstracta podríamos enumerar algunos, haciendo constar la importancia no solo del hecho en sí, sino también del tratamiento dado al mismo en las altas esferas políticas. Desgraciadamente la relación ocuparía excesivo espacio por lo que me limito a iniciarla con la mala entrada y peor salida de Irak y finalizarla con la crisis económica, su gestión y la deprimente imagen dada por nuestro Gobierno en el primer mes de presidencia rotatoria de la UE. Entre ambos extremos se pueden incluir los que estime el lector, pero no puedo dejar de mencionar el hito trágico del atentado del 11 de marzo de 2004, sin resolver realmente después de seis años para nuestra vergüenza.
Ante la situación a la que nos ha conducido este corto pero desafortunado periodo de nuestra historia reciente parece que solo podemos aguantarnos y esperar estoicamente a que escampe por Gracia Divina ó limitarnos a protestar hasta la desesperación sin más. Es cierto que existen numerosas organizaciones ciudadanas inquietas y activas en defensa de temas puntuales como la de las victimas del terrorismo, de la vida contra el aborto, la libertad de enseñanza etc., pero no se nos escapa la actuación política para apagar la resonancia de aquellas que sean inconvenientes para sus intereses y hacer inútiles sus esfuerzos, subvencionando a la vez a las que los favorecen.
En este ambiente puede parecer utópico hacer propuestas particulares en búsqueda de soluciones con la ilusión de salir del estrecho callejón en el que nos encontramos después de 35 años de Democracia, por una actitud de los partidos más interesada en alcanzar y mantener el poder que en el servicio al conjunto, al que además intentan imponer drásticamente su ideología.
Por todo ello considero que al aproximarse el periodo electoral y con dos años todavía por delante, los dos partidos principales de España, en un autentico ejercicio de responsabilidad, deberían colocar a su cabeza dos figuras de verdadero prestigio y mayor experiencia que recuperaran la categoría perdida, tanto dentro como fuera, por nuestros actuales políticos, empeñados en mantener a destiempo una ideología sectaria y situar colaboradores en los puestos rectores de los partidos y posteriormente de gobernantes, más en orden a su lealtad personal que a su preparación y eficacia.
Llegados a este punto y dada la disponibilidad de dos personas en ambos partidos con el perfil que he apuntado anteriormente, me arriesgo a presentar lo que en mi modesta opinión es una posible buena solución para el problema que nos aqueja. Estas dos personas calificadas son don Javier Solana y don Rodrigo Rato, cuyas cualidades y méritos pueden conocerse leyendo sus públicas biografías y no necesitan presentación.
Si esta ilusión se hiciera realidad, el papel que le correspondiera a cada uno en el Gobierno ó la Oposición no sería envidiable, pero alcanzaría la categoría de histórico si se comprometieran a cerrar definitivamente la transición que con tanta esperanza acogimos la gran mayoría de los españoles en 1978, pero que la realidad presente ha dado como acertado el análisis que en su día hiciera Emilio Romero al vaticinar que el espíritu de nuestra transición no se confirmaría hasta que la izquierda no gobernara por segunda vez en alternancia con total normalidad y sin dar marcha atrás a lo conseguido con la Reforma Política refrendada entonces.
Para terminar quiero ponerme la venda antes de leer los comentarios que ¡ojala! reciba esta opinión, pero a los que quieran participar les recuerdo que no es más que una posible solución, buena a mi juicio, pero no la única solución, ni siquiera una magnífica solución.

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