Un año después de su toma de posesión como presidente de los Estados Unidos, con una enorme popularidad, Barak Obama se halla en un momento realmente preocupante. La estrepitosa pérdida en Massachusetts del escaño de Ted Kennedy en el Senado estadounidense, un Estado cardinalmente demócrata, precisamente ocurrida al año justo del inicio de su mandato, hace apenas cuatro días, que impide la aprobación de la ley de reforma sanitaria, su gran empeño durante el año 2009, ha puesto en cuestión su liderazgo.
Las ilusiones y esperanzas que tanto los estadounidenses como la mayor parte de la comunidad internacional habían puesto en Obama se están desvaneciendo. Si al comienzo de su mandato el índice de aprobación de su gestión, por parte de sus conciudadanos, era del 70%, en estos momentos no llega al 50%.
Se ha pasado de los sueños a la cruda realidad. El mundo de las relaciones de poder es un campo duro y despiadado. Los discursos y las buenas intenciones no se traducen necesariamente en acciones o logros concretos. Como decía Margaret Thatcher "el consenso parece ser el proceso de abandono de toda creencia, principio, valor y política en busca de algo que nadie cree, pero a lo que nadie pone objeciones, evitando las cuestiones que deben resolverse".
La política del presidente Obama ha sido, fundamentalmente, la del poder blando, en la línea indicada por Joseph S. Nye, sin presentar o hacer uso, al mismo tiempo, del respaldo del poderoso poder duro -sin duda, mundialmente el más alto- del que disfruta la gran potencia norteamericana. Su postura de buena voluntad -buscando el consenso-se le ha vuelto en contra.
Es cierto que Obama ha conseguido mejorar la imagen de su país en el mundo; superar la crisis del sistema financiero; retornar a una concepción multilateralista de las relaciones internacionales o restablecer un diálogo cultural con el mundo musulmán. También ha logrado avances en las negociaciones con Corea del Norte, pasos moderados en Iberoamérica y resultados discutibles en la cumbre de Copenhague sobre el cambio climático.
Sin embargo, en las grandes cuestiones, el resultado ha sido adverso. Con Rusia ha cedido, sin conseguir nada a cambio, en la retirada del despliegue del programa antimisiles en Europa; no ha cumplido su promesa de cerrar Guantánamo en el plazo señalado; no ha conseguido parar el proceso nuclear de Irán; ha permitido a China no devaluar el yuan sin atender a sus peticiones; ha adoptado una estrategia ambigua en el conflicto Afganistán-Pakistán y ha claudicado ante Israel en el conflicto palestino-israelí.
En definitiva, en la valoración de primer año de Obama, siendo realistas, hay más sombras que luces. Su imagen actual presenta signos de debilidad. En estos momentos, su primera prioridad debiera ser recuperar el liderazgo, tanto a nivel nacional como en el horizonte internacional, con firmeza y solidez, sabiendo que aparecerán discrepancias y que no va a poder contentar a todos.
Su reciente cambio de actitud con su actuación en Haití o con la nueva regulación impuesta a los bancos para prohibir ciertas operaciones de alto riesgo, parece apuntar en la buena dirección. Esperemos que sea así, en su beneficio y en el del mundo.

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