En la visita efectuada por el primer ministro ruso, Vladimir Putin, a China, del 12 al 14 de la semana pasada, se ha firmado un acuerdo para suministrar 70.000 millones de metros cúbicos anuales de gas a China, a cambio de que esta ayude a Rusia a construir ferrocarriles de alta velocidad así como otro acuerdo sobre anuncio de lanzamientos de misiles balísticos. De esta manera, Rusia diversifica sus suministros, obtiene una buena fuente de financiación y - lo más importante, dicho por Putin - se postula por la capacidad de coordinar posturas con China en temas internacionales clave.
El viejo oso ruso tiene dos enormes heridas que aún no han cicatrizado y que probablemente tardarán varios años en hacerlo. La primera ha sido producida por la ampliación de la OTAN y de la UE hacia el Este, en los últimos 20 años, integrando en su seno varios países europeos que un día fueron satélites de Moscú. La segunda, se produjo como consecuencia del despliegue de tropas norteamericanas, primero de forma temporal y luego permanentemente, en Asia Central, zona de influencia tradicional rusa.
Sin duda, tanto la guerra de Georgia del verano del año pasado, con sus derivadas en el reconocimiento ruso de Osetia del Sur y Adjazia, como el conflictivo proceso nuclear iraní, son dos oportunidades que está aprovechando para recomponer su posición regional y global.
En sus relaciones con la Unión Europea, Rusia está utilizando la energía como un instrumento político, materializándolo con el trazado del gasoducto que está construyendo bajo el mar Báltico, desde Vyborg, en Rusia, hasta Greifswald, en Alemania, evitando los territorios de las antiguas repúblicas soviéticas.
Con esta iniciativa está tratando a la UE con dos raseros. Uno, para la Europa Occidental más rica y próspera y otro, para la Europa del Este, más pobre y vulnerable, con la intención de romper la cohesión y solidaridad de la Unión Europea, con independencia de intentar aislar a los países europeos del Este, pudiéndoles presionar directamente a costa de negarles el gas.
Ya en la pasada Cumbre UE-Rusia, celebrada en Jabárovsk, el 22 y 23 de mayo de este año, Rusia se negó a firmar el Tratado de la Energía, que Rusia y 51 países firmaron en 1991 - Rusia no ratificó nunca el documento -, que, entre otras cosas, regula el transporte de la energía para garantizar la seguridad de suministro de la UE y las disputas que puedan surgir.
Respecto al proceso nuclear iraní, Rusia ha pasado de la frase de su presidente, Dimitri Medvedev, de que "en algunos casos, las sanciones son inevitables", dicha poco después de que el presidente norteamericano, Barak Obama, abandonara el proyecto de instalar un escudo antimisiles en Polonia y en la República Checa, el 14 de septiembre pasado, a la actual postura del país de los zares - el Ministro ruso de Asuntos Exteriores, Sergey Lavrov, se lo dijo a la Secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, en su visita a Moscú, el 13 de octubre último -, señalando que es contraproducente imponer sanciones a Irán, ahora que se está en una nueva fase de negociación.
Desde el punto de vista de sus intereses geopolíticos, a Rusia le Interesa que continúe el enfrentamiento entre Irán y los Estados Unidos al objeto de que se recupere y se mantenga el antiguo área de influencia rusa tanto en el entorno del Cáucaso como en Asia Central. Por otro lado, su acercamiento a China constituye un valor añadido sustancial en su geoestrategia global.
Contención y negociación. Poder duro y poder blando. Una estrategia coherente debe utilizar medidas en ambos campos simultánea y equilibradamente. No parece lógico tomar acciones en un ambiente sin haberlas tomado también en el otro. Son complementarias y no excluyentes. Una de las principales máximas estratégicas afirma rotundamente que a la hora de ofrecer concesiones por una de las partes, es preciso asegurarse previa o simultáneamente la reciprocidad requerida de la otra.
Se ha concedido el que Rusia ningunee a la Europa del Este al evitar el paso del gas a la UE por sus territorios, la renuncia a la Carta de la Energía, la retirada del proyecto de misiles a desplegar en Polonia y la República Checa junto con admitir que antes de comenzar a cooperar en una estrategia de defensa antimisiles común es preciso definir quién cuál es el enemigo mutuo. A cambio, no se ha recibido o conseguido ninguna ventaja estratégica.
Esta toma de posiciones rusa debilita a Occidente, en especial a la Unión Europea y a Estados Unidos. Desde la guerra de Georgia, del verano del año 2008, la iniciativa estratégica práctica se halla en manos de Rusia que está jugando sus cartas ante un Occidente demasiado pasivo, permisivo e indeciso. Parece razonable que el mundo occidental no vuelva a cometer este tipo de errores, y que diseñe y aplique una estrategia integral activa - que no se quede a nivel de intenciones o declaraciones -, coherente y firme, en beneficio de la estabilidad mundial. El tiempo juega en su contra.

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