El empleo del dinero como arma de guerra, considerado opción táctica en un manual para militares del Ejército norteamericano, hecho bajo la supervisión del general Petraeus, jefe actualmente del Comando Central de las FFAA, no supone ciertamente una novedad. Ni ahora ni cuando Napoleón dijo que las guerras se ganaban con oro; aunque el oro, el dinero, estando entre las condiciones necesarias para la victoria, no basta para ella sin embargo, mientras no se acompañe de toda la infinita multitud que forman las condiciones suficientes. Bastaría para verlo esto que ocurre en Afganistán, para donde, por lo pronto, Francia ha dicho que no ampliará el número de sus soldados en la campaña.
Y lo ha dicho el presidente Sarkozy casi al mismo tiempo que su Gobierno ha puesto el grito en el cielo tras de la información publicada por el "Times" de Londres, negada por el Gobierno de Berlusconi y confirmada desde fuentes afganas, en el sentido de que las fuerzas italianas desplegadas en Herat habían pagado dinero a los talibanes, una suerte de "impuesto revolucionario", para que no les hostigaran. Lo que implica que a ellos no, pero sí al resto de las fuerzas aliadas desplegadas en Afganistán. Un escenario de confusión moral donde, se dice, todos cobran comenzando por el propio vértice del Estado, al que se acusa de fraude electoral, en la consulta de agosto, de proporciones próximas a las de pucherazo del mes de julio en Irán.
Revelaría el supuesto comportamiento italiano, de ser definitivamente cierto, que el problema de Afganistán es menos militar que político, y menos político que cultural, entendiendo cultura como forma de vida y maneras de entender las cosas. Así, la corrupción sistémica sería respuesta propia de una" sui géneris moral" de supervivencia, en la que el soborno y el latrocinio resultarían moneda de cambio que impide la propia solución política y, por consecuencia, vaciaría el sentido de todo el esfuerzo militar que se realiza, con los costes que le son propios en todos los órdenes, especialmente el humano, con la pérdida de vidas entre los combatientes y la propia población civil.
No cabría admitir, en el caso de que lo denunciado por el "Times" londinense fuera cierto, que el riesgo de las tropas aportadas por cada uno de los países aliados dependiera de la disposición de cada Gobierno a desembolsar la coima que exigen los afganos que se les enfrentan. El pago supondría una inmoralidad manifiesta desde cualquier punto de vista. Pero, acaso por encima de todo, desde la propia base política del compromiso asumido y desde la misma consideración y sentido de la guerra que se hace. Ilustra este dato que comentamos la razón de ser, la causa, de que en el Pentágono, se estén ahora reconsiderando, a instancias del presidente Obama, los esquemas estratégicos y políticos vigentes sobre la guerra de Afganistán.
La doctrina Petraeus sobre la combinación de las armas por el dinero, tal como se hizo en Iraq para desmovilizar a los suníes que peleaban por Sadam Husein, no es, obviamente, táctica de aplicación independiente por cada uno de los aliados - como la atribuida a Italia -, sino materia de estrategia común de los aliados. Quizá lo que habría que plantearse, como desiderata, sería la sustitución del presupuesto militar por otro monográfico y exclusivo para fondos reservados, como el que se ideó para la guerra contra ETA. Y así, todos los soldados a casa.

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